La pasarela del Ebro

La ciudad en la que nací, Zaragoza, la cruza un río ancho y caudaloso, el Ebro. En mi infancia, a mi hermana y a mí nos llevaban a jugar a un parque al otro lado del río, y para llegar a él teníamos que cruzar la pasarela, un largo puente colgante hecho de hierro, cuerdas y tablas. Para mí, cruzar aquel enorme puente era siempre algo extraordinario; significaba acercarme, siempre mecida por un ritmo diferente, a un mundo especial. lejano y distinto al de todos los días en la orilla en la que yo vivía.

Pasados los años, crucé otro puente colgante, esta vez uno imaginario que unía España con el país al que me trasladé y en el que sigo viviendo: Holanda. La pasarela, en esta ocasión, me la tuve que ir construyendo yo misma tabla por tabla, aprendiendo otro idioma e integrándome en una cultura diferente en muchos aspectos a la mía. Y poco a poco, siempre mecida por el vaivén suave o tempestuoso de los acontecimientos, me convertí en la persona que soy ahora: ni de un sitio ni de otro, sino de los dos a la vez.

Esta doble pertenencia es también una herramienta esencial, tanto a la hora de traducir y enseñar idiomas, como al prestar servicios de mediación en una relación comercial o de otro tipo entre España y Holanda. Para mí, mi trabajo es tender puentes de comprensión entre mis dos países y mis dos culturas.

Y es por eso que a menudo suelo recordar aquella pasarela de mi infancia, que se balanceaba con nuestros pasos un poquito más de la cuenta, pero que siempre merecía la pena cruzar para llegar al otro lado.